Lo que revela a un pan extraordinario se manifiesta como lo hace una historia de amor. Es el resultado afortunado de dar y recibir que genera mariposas en el estómago, emoción y algo de nervios, pero sobre todo, un estado de alegría pleno. Así, tal cual. Es entregar tu tiempo, ser paciente, prestar atención, saber comunicarte y escuchar, ofrecer tu mejor versión y encontrarte —tu propia esencia— en el otro. ¿Lo has experimentado ya?

Es decir…

Paciencia
Sin forzar nada y dejando que fluya. La masa madre, como cualquier ser vivo, necesita desarrollarse poco a poco; como dicen, lo bueno siempre se hace esperar. Dale su libertad. Déjala subir agusto. Conócela y escúchala porque tal vez te pida más luz, puede ser que prefiera un sitio menos cálido, igual te dice a gritos que está lista para hacer lo suyo. Déjala ser y quiérela como es. Tantos frutos en potencia valen todo el tiempo del mundo. ¡Y más! 

Cariño
Amor, mucho amor. Cántale, ponle un nombre, dile cosas lindas. Haz equipo con tu masa. Ella necesita de ti y tú de ella para obtener todos los beneficios que un auténtico pan puede ofrecer. Es un proceso de alimentación mutuo. Mientras permanezca viva, te mandendrá feliz aportándote vitaminas y minerales, un increíble balance entre proteínas y ácidos grasos, y cantidad de lactobacilos que facilitan el proceso digestivo. Atención y cuidado, lo demás estará hecho.

Buenos ingredientes
Lo sabemos muy bien. Lo de adentro es lo que en verdad importa. Un buen pan no sólo es atractivo por su belleza, por su aroma, por combinar a la perfección con cualquier cosa o por tener sabores ingualables. Un buen pan despierta todos los sentidos nutriendo cada célula del cuerpo. Su mayor virtud es regalar salud al alma. Por esta razón, la más alta calidad de la harina, del agua, y de cualquier otro ingrediente empleado es primordial

Tu esencia
En los detalles está la clave. Alucinaríamos si pudiéramos comprender el tremendo trabajo que realizan los microorganismos de nuestra piel al contacto con la masa. Al amasar —con las manos (por supuesto)—, las bacterias presentes en ellas crean un vínculo único con las levaduras, como un lazo inquebrantable. El contacto físico es necesario para encender la chispa. Es vital. ¡Acércate sin miedo y ensúciate las manos! Definitivamente esta es la mejor parte. 

A fin de cuentas, es cosa de tener ganas. De mantener el equilibrio. Algo así como un compromiso, sin excusas. Reciprocidad y confianza. Aprendizaje en cada etapa. Date la oportunidad de crecer con tu masa, experimenta con ella y déjate sorprender. Es única y por ello, merece ser tratada con el máximo esmero posible.

Una masa madre es un tesoro.