A lo largo y ancho de la cultura popular mexicana siempre se ha hecho mención al sacrificio, un acto altamente valorado por nuestros antepasados prehispánicos y una idea que con el paso del tiempo ha adoptado matices de pérdida o dolor. Sin embargo, en su origen, sacrificarse tenía un sentido de entrega total, de honra, de elevarse a un nivel sagrado. Y algo que hemos sabido mantener en este tono, dentro de nuestra singular idiosincracia, es la muerte.

A la muerte la halagamos, le escribimos poemas, la vestimos y decoramos, le cantamos, también la burlamos y la tuteamos, bailamos con ella y la invitamos a pasar. Damos por hecho que siempre está cerca y por eso, le pedimos que espere, que no nos lleve aún, que nos deje vivir otro ratito, eso sí, con la condición de volver de vez en cuando a pasar un rato con los nuestros. Con la promesa eterna de ser recordados

Con el otoño —posiblemente nuestra estación favorita— llega el momento de prepararnos y preparar el reencuentro. Los tonos ocres, los días que inician y terminan más pronto, el viento que sopla cada vez más fresco, susurrando al desprender las hojas de los árboles e invitando a estar en casa para buscar calor… No es coincidencia que esta época, especialmente a principios de noviembre, en la que se repira un aire de pausa, la vegetación se encuentre en el final de su ciclo para volver a dar nuevos frutos en los meses venideros. Y es que así como nacemos, vivimos y morimos, en este tiempo llega la plenitud del año, con el color del sol en la flor de cempasúchil, ofrendando vida a la tierra.

Es tan sustancial nuestro vínculo entre la vida y la muerte que año con año nos empeñamos en alimentar la memoria con los más atesorados recuerdos de aquellos con quienes compartimos la mesa y que aunque ya no estén, permanecen. Es el intenso ámbar del cempasúchil que guía el sendero y nos hace caer en la cuenta, también con su aroma, que más que inicios y finales, la vida va de instantes infinitos. Como un ritual que nos renueva, encendemos las velitas, buscamos las fotos para el altar, picamos papel de todos colores y desempolvamos las recetas que reúnen esos sabores que emocionaron a nuestros seres queridos, que los hicieron amar la vida.

Y ahí nos reencontramos, en la mesa, con ellos; rodeados de música, risas, lágrimas alegres, tamales y guisos, chocolate, dulces, pan de muerto que sabe a vida e historias que al volver a contarse, los hacen renacer, pervivir. Precisamente con la muerte celebramos la vida; es ella quien nos permite agradecer la oportunidad del tiempo con los nuestros, de haber amado, de haber crecido, de haber podido ser, aceptando todas las consecuencias, los desperfectos, los malos ratos, los desamores, las adversidades y los errores. Es ella quien nos defiende del olvido.

El 2 de noviembre celebramos también no tener todas las respuestas. Celebramos las dudas, la incertidumbre que nos abraza. Celebramos la muerte con respeto e ironía porque es tan real como la vida, es parte de ella. Y es que no hay nada, incluso la muerte, donde no se pueda amar

En Panina hemos disfrutado mucho este tiempo elaborando nuestro pan de muerto con masa madre. Es una de esas cosas por las que vale aferrarse a este mundo tan bonito. Desde aquí, deseamos que el pan que compartamos nos haga sentir eternos y llene de inmortalidad a quienes fueron, en cualquier momento y en cualquier sitio, parte de nuestro camino.

¡Feliz Día de Muertos!